Hay algo mágico en las recetas que usan verdura para hacer algo dulce. La zanahoria es la reina de eso: aporta humedad, un dulzor suave y ese color naranja lindo que hace que el budín parezca salido de una panadería. Y lo mejor es que se arma en un bol, sin batidora ni técnica de repostero.
Vas a necesitar dos zanahorias medianas ralladas bien fino, dos huevos, media taza de aceite (o de puré de manzana si querés bajarle a la grasa), media taza de azúcar mestizo o rubio, una taza y media de harina integral, una cucharadita de polvo para hornear y otra de bicarbonato. Si tenés a mano, una pizca de canela y otra de nuez moscada le dan ese perfume que hace toda la diferencia.
El paso a paso es tranquilo. Batís los huevos con el azúcar y el aceite hasta que quede una mezcla pareja. Sumás la zanahoria rallada y mezclás. Aparte unís los secos —harina, polvo, bicarbonato, especias— y los vas incorporando de a poco, sin batir de más: apenas hasta que se integre. Si le querés dar textura, un puñado de nueces picadas o pasas de uva va perfecto.
Volcás todo en una budinera aceitada y enharinada, y al horno precalentado a 180 grados por unos 40 minutos. Sabés que está listo cuando lo pinchás con un palillo y sale seco. El aroma que llena la cocina, para ese momento, ya te avisó solo.
Se banca perfecto varios días en un tupper, y de hecho al otro día está más rico todavía, más húmedo. Ideal para el desayuno, para la merienda con mate, o para ese antojo dulce de la tarde que no queríamos que fuera una galletita del kiosco.