Hoy conseguimos casi cualquier cosa en cualquier época del año, y eso es cómodo. Pero algo se pierde en el camino. La verdura y la fruta de estación —esa que crece cuando le toca, cerca y sin forzar— casi siempre es más rica, más barata y más nutritiva que la que llega de contra estación desde vaya uno a saber dónde.
La razón es simple: un alimento cosechado en su momento justo, sin cámaras ni viajes eternos, llega con más sabor y más nutrientes intactos. Un tomate de verano no tiene nada que ver con uno de invierno; una mandarina en su temporada es dulce y jugosa como no lo será en ninguna otra época. El cuerpo, además, parece pedir naturalmente lo que la estación ofrece: cosas frescas y acuosas en verano, más contundentes y calentitas en invierno.
Comprar de estación también le hace bien al bolsillo. Cuando algo abunda porque es su momento, el precio baja. Es de esas raras situaciones donde lo más rico, lo más sano y lo más económico coinciden en el mismo lugar de la verdulería.
Y hay un plus lindo: cocinar siguiendo el calendario le devuelve algo de ritmo y sorpresa a la comida. En vez de comer siempre lo mismo, vas rotando con lo que va apareciendo. Las primeras habas, los últimos duraznos, la llegada de los cítricos. La alimentación se vuelve un poco más variada y un poco más conectada con lo que pasa afuera. No hace falta saberse el calendario de memoria: alcanza con mirar qué está abundante y barato en la verdulería. Eso, casi siempre, es lo que está de estación.